CARTA A LA COMUNIDAD IBC

1 DE OCTUBRE · DÍA INTERNACIONAL DE LAS PERSONAS MAYORES

LOS MAYORES · NUESTRO CENTRO DE GRAVITACIÓN

Querida Comunidad IBC:

Hay algo profundamente sagrado en aquello que ha permanecido mucho tiempo sobre la Tierra.

Nos conmueve un árbol centenario porque sabemos que bajo su sombra han pasado generaciones. Nos sobrecoge una montaña porque estaba allí mucho antes de nuestra llegada. Miramos el océano y sentimos su inmensidad porque guarda una memoria que no alcanzamos a comprender. Contemplamos el Sol cada amanecer sabiendo que su luz acompañó a quienes estuvieron aquí miles de años antes que nosotros.

Lo antiguo contiene memoria.

Y, sin embargo, cuando esa antigüedad habita en un ser humano, a veces olvidamos contemplarla con la misma reverencia.

Hoy quiero que miremos a nuestros mayores de otra manera.

Que por un instante dejemos de ver únicamente el cuerpo que envejece, el paso que se hace más lento, la memoria que quizá comienza a perder nombres, la mano que tiembla o la vida que necesita cada vez más ayuda.

Porque delante de nosotros hay mucho más.

Hay una vida entera.

La persona que hoy camina despacio, corrió.

La mano que hoy necesita ser sostenida sostuvo otras manos.

Los ojos que hoy parecen mirar hacia lugares lejanos estuvieron llenos de proyectos, deseos, enamoramientos y futuro.

Ese rostro surcado por el tiempo fue un día el rostro de un niño.

Después fue joven.

Amó.

Tuvo miedo.

Se equivocó.

Comenzó de nuevo.

Perdió personas.

Celebró otras.

Trabajó.

Cuidó.

Esperó.

Soñó.

Y atravesó estaciones de la existencia que quienes venimos detrás todavía desconocemos.

Cada arruga es tiempo.
Cada silencio puede contener una historia.
Cada cuerpo envejecido es el territorio visible de una vida que ha sucedido.

Quizá por eso nuestros mayores merecen algo más profundo que nuestro cuidado.

Merecen nuestra reverencia.

Porque hay un momento misterioso en la existencia en el que el movimiento de la vida se invierte.

Las manos que nos levantaron comienzan a buscar las nuestras.

Quienes caminaban delante empiezan a caminar más despacio.

Quienes protegían comienzan a necesitar protección.

Quienes recordaban nuestras historias pueden empezar a olvidar la suya.

Y ahí la vida nos coloca ante uno de sus aprendizajes más profundos:

aprender a permanecer cuando el otro ya no puede ser quien fue.

Seguir viendo a la persona cuando las capacidades cambian.

Seguir reconociendo su dignidad cuando necesita ayuda.

Seguir hablándole aunque no siempre pueda responder.

Seguir tocando su mano.

Seguir nombrándola.

Seguir recordándole, con nuestra presencia:

«Tú sigues estando aquí.
Y yo sigo viéndote.»

Hay algo inmenso en ese acto.

Porque amar verdaderamente a nuestros mayores quizá significa aprender a mirar más allá de aquello que el tiempo transforma.

EL CENTRO DE GRAVITACIÓN

En IBC hablamos del centro.

Del lugar desde el que todo encuentra orden.

Y hoy quiero utilizar una expresión muy concreta para nuestros mayores:

son nuestro centro de gravitación.

Aunque a veces parezca que permanecen quietos mientras el mundo continúa girando.

Aunque las nuevas generaciones corran, viajen, construyan, creen y miren hacia el futuro.

En algún lugar del sistema permanecen ellos.

Como permanecen las raíces bajo un árbol.

No vemos las raíces cuando contemplamos las ramas.

Pero las ramas existen porque hubo raíz.

Nosotros también.

Antes de nuestro primer aliento hubo otros alientos.

Antes de nuestro primer paso hubo miles de pasos.

Antes de nuestras decisiones hubo decisiones que hicieron posible que nosotros llegáramos hasta aquí.

Somos la parte visible de una historia que comenzó mucho antes de nosotros.

Nadie empieza completamente en sí mismo.

Detrás hay madres y padres.

Abuelos.

Bisabuelos.

Familias.

Pueblos.

Migraciones.

Encuentros improbables.

Sacrificios que quizá nunca conoceremos.

Amores de los que nunca nos hablaron.

Personas cuyos nombres incluso se han perdido, pero cuya vida continúa de alguna manera llegando hasta nosotros.

Por eso un mayor nunca es solamente una persona mayor.

Es un lugar de memoria humana.

Y cuando una generación envejece, algo extraordinariamente valioso queda depositado en nuestras manos.

Quizá uno de los grandes actos de conciencia de nuestro tiempo sea volver a otorgar valor a aquello que ha envejecido.

Porque hemos aprendido a sustituir demasiado rápido.

Objetos.

Lugares.

Conocimientos.

Vínculos.

Personas.

Pero la naturaleza nos enseña otra cosa.

Los grandes árboles necesitan décadas.

Las montañas, milenios.

Los océanos guardan la historia del planeta.

Y un ser humano necesita toda una vida para convertirse en quien es al final de ella.

Por eso, 1 de octubre, quisiera que desde IBC hiciéramos algo más que celebrar el Día Internacional de las Personas Mayores.

Quisiera que recordáramos quiénes son.

Y que también recordáramos algo que a veces vivimos como si nunca fuera a suceder:

si tenemos el privilegio de permanecer suficiente tiempo sobre esta Tierra, ellos son también nuestro futuro.

Algún día quizá nuestros pasos serán más lentos.

Quizá necesitaremos que alguien repita una frase.

Que nos acerque un vaso de agua.

Que nos ayude a vestirnos.

Que escuche una historia que ya contamos ayer.

Que nos mire a los ojos en lugar de hablar de nosotros como si no estuviéramos presentes.

Y entonces comprenderemos que detrás de un cuerpo frágil puede continuar existiendo un universo entero.

Ojalá construyamos desde ahora el mundo en el que algún día nos gustaría envejecer.

Un mundo donde llegar a viejo no signifique hacerse invisible.

Donde cuidar no sea únicamente atender necesidades, sino reconocer existencia.

Donde la lentitud tenga lugar.

Donde la memoria de quienes llegaron antes siga formando parte de la comunidad.

Donde podamos acercarnos a nuestros mayores y sentir, aunque nunca pronunciemos estas palabras:

«Gracias por haber llegado antes.
Gracias por haber abierto camino.
Gracias por haber sostenido la vida hasta que llegó a nosotros.»

PRÁCTICA IBC · PULSO DEL CORAZÓN

LOS QUE LLEGARON ANTES

Hoy os propongo una única práctica.

Busca un momento de silencio.

Toma el Pulso del Corazón.

Y cuando estés en él, lleva a tu conciencia a una persona mayor.

Puede estar viva o haber partido.

Puede pertenecer a tu familia o ser simplemente alguien cuya vejez haya tocado tu vida.

Mírala interiormente.

Pero intenta no verla como es hoy.

Ve más atrás.

Imagínala niña.

Después joven.

Imagínala descubriendo el mundo sin saber todavía todo lo que la vida le iba a pedir.

Déjala crecer ante ti.

Amar.

Equivocarse.

Trabajar.

Perder.

Celebrar.

Cuidar.

Envejecer.

Hasta llegar al instante en el que tú la conoces.

Y entonces comprende:

estás contemplando una vida completa.

Permanece en Pulso.

Ahora siente detrás de esa persona a quienes estuvieron antes que ella.

Y detrás, otros.

Y otros.

Sin necesidad de conocer nombres ni rostros.

Solo percibe esa inmensa corriente de vida atravesando generaciones hasta llegar al presente.

Y siente que tú también formas parte de ella.

Entonces, desde el Pulso del Corazón, dirige hacia nuestros mayores una única emisión:

OS VEMOS.

Permanece.

Vemos al niño que fuisteis.
Al joven que soñó.
Al adulto que sostuvo.
Al ser humano que amó, perdió, cayó y continuó.

Pulso.

Vemos vuestra vida detrás de vuestra edad.

Pulso.

Reconocemos vuestra dignidad.

Pulso.

Y finalmente:

Gracias por llegar antes.
Gracias por sostener la vida.
Gracias por traernos hasta aquí.

Quédate unos instantes en silencio.

Nada más.

Que el Pulso haga el resto.

Quizá nuestros mayores no estén al final de la vida como tantas veces pensamos.

Quizá ocupen otro lugar.

El lugar de las raíces.

Y las raíces nunca están detrás.

Están debajo.

Sosteniendo.

Alimentando.

Manteniendo unido a aquello que todavía continúa creciendo hacia la luz.

Hoy, desde IBC, honramos a todos nuestros mayores.

A quienes recuerdan y a quienes comienzan a olvidar.

A quienes caminan solos y a quienes necesitan un brazo.

A quienes pueden contarnos todavía su historia y a quienes ya no encuentran las palabras para hacerlo.

A quienes están.

Y a quienes partieron, pero continúan misteriosamente presentes en aquello que somos.

Porque antes de ser futuro, fuimos continuidad.

Y porque tal vez una sociedad pueda reconocerse por la manera en que mira a quienes han vivido más tiempo dentro de ella.

Que nunca dejemos de verlos.

Con amor, profundo respeto y gratitud,

Sandra Fernández
Fundadora y Directora
Instituto de Bioingeniería Cuántica