Recordar para trascender el dolor. El pulso y la memoria transpersonal.

                    Desde el momento mismo de la concepción de un ser humano, las células en formación empiezan a recibir información a través de las emociones y pensamientos de la madre. Una vez que la persona nace, su medio ambiente también le brinda una infinidad de estímulos y experiencias que van configurando su identidad y su personalidad, su forma de entender el mundo, de sentir y de pensar.

Toda esta información va quedando guardad en las células del cuerpo para ser usada en la vida de este ser humano, igual que un computador funciona gracias a una serie de programas que están almacenados en alguna parte de su disco duro y que se activan según las necesidades de cada situación y de lo que se requiera de ese equipo.

                    Recordar para trascender el dolorEn el caso de una máquina, no se espera que esta sea plenamente consciente de sus programas o que aprenda a cambiarlos, porque hay alguien, un ser humano, que la manipula con ciertos objetivos específicos.

Sin embargo, sí es deseable que un individuo humano sea capaz de comprender esos programas y esa gran cantidad de información que está almacenada en su cuerpo, para lograr cambios que le permitan adaptarse mejor a su medio circundante y vivir una vida más satisfactoria. Esto es así porque el ser humano es a la vez el operador y la máquina: una consciencia con voluntad y también un cuerpo físico.

                    Supongamos a alguien que creció en una época de terrible escasez de alimentos. Las células de esta persona recibieron una información de carencia: aprendieron a vivir con poco, a guardar energía lo más posible y a tomar lo que más pudieran de lo poco que recibían.

En un plano emocional, seguramente esta persona aprendió a comportarse de una forma análoga: sentir agresión de su medio ambiente, pensar que otros van a quitarle lo que tiene, imaginar que debe guardar y nunca expresar, es decir, una persona con actitudes de avaricia, egoísmo y aislamiento.

Ahora pensemos que por circunstancias diversas la vida de esta persona cambia en algún momento de su adultez: la economía de su región se transforma, su familia empieza a recibir dinero en abundancia, la comida llega fácilmente, etc. Lo que se esperaría es que esta persona se adapte a esta nueva dinámica y cambie tanto la disposición de sus células como su actitud emocional.

                    Lo que muchos investigadores, psicólogos, médicos y pensadores, han detectado, es que esta transformación no ocurre, o por lo menos no con facilidad. Lo común es que la persona siga comportándose con una actitud de escasez extrema aun viviendo en la mayor de las abundancias.

Incluso las células, que ya reciben alimento con regularidad, siguen trabajando con esa información que ahora es obsoleta. Frente a esto, la conclusión de muchos ha sido que la programación que recibe un individuo en sus primeros años de vida es determinante y no puede ser transformada.

Sin embargo, algunos enfoques diferentes sostienen por su parte que sí es posible transformar esa información para que, sin importar la edad, una persona pueda cambiar su actitud frente a su mundo y sentir y pensar como quiera pensar, en especial para que esta manera de relacionarse con el mundo le brinde satisfacción y plenitud a su vida.

                    Como han descubierto Bruce Lipton y Joe Dispenza, entre algunos otros, la dificultad mayor para que estos cambios se hagan posibles es que hay en nuestras células y en nuestras neuronas una inercia que trata de mantener las mismas tendencias que trajo la información recibida en la infancia.

De esta forma, las células tacañas, de tanto repetir esa actitud, siguen funcionando con avaricia sin importar los cambios en el mundo circundante. De tanto repetir el mismo proceso, las células automatizan esa ruta y ya no están abiertas a recibir información que desvíe la energía en otra dirección.

Esto significa que el mayor problema consiste en la inconsciencia y el automatismo en el que vivimos: todos nuestros hábitos sostienen y fortalecen la vieja información e impiden la creación de nuevas actitudes. Como lo dice el doctor Lipton, el 95 por ciento de nuestras experiencias son inconscientes, y solo aproximadamente el 5 por ciento es lo que vivimos conscientemente desde nuestra mente racional.

                    Si queremos transformar viejos patrones, tenemos que sacar a la luz de la consciencia esos programas que recibimos en la infancia para sanarlos, cambiarlos y convertirlos en programas que nos brinden bienestar, y que estén en consonancia con nuestra vida presente y con lo que deseamos que sea nuestro futuro.

¿Cómo podemos entonces extraer toda esa información que parece sepultada y que, a pesar de afectar nuestra vida, no podemos ver directamente ni recordar con facilidad?

Como toda la información de nuestro cuerpo, esas memorias están codificadas en el ritmo de nuestro pulso y nos es posible conectar con ellas mediante una atenta escucha de nuestro corazón. Para esto es indispensable desarrollar la intuición, que nos da la sensibilidad suficiente para entender la información que está allí guardada, y además tener el valor suficiente para observar lo que sea que aparezca, por duro que pueda ser:

solo mediante esta aceptación total es posible trascender los programas negativos que a pesar de ser obsoletos siguen interfiriendo en nuestra plenitud emocional y mental.

                    Entonces, con el corazón como guía y memoria, con la tranquilidad de que es posible trascender lo que se nos revele, y con paciencia y amor a nosotros mismos, el pulso, como lo lee y usa la Bioingeniería Cuántica, es la clave más importante en la transformación del dolor pasado y de la trascendencia de los programas negativos que nos impiden una plenitud total:

la revelación del pulso permite cortar la inercia del hábito mediante el recordar consciente. Gracias a este proceso transformamos el dolor en crecimiento, el pasado en comprensión y el presente en una plenitud en la que toda nuestra energía está enfocada en el desarrollo de nuestro máximo potencial como seres creadores y capaces de una consciencia en expansión que se transforma y así transforma el mundo en el que vivimos y las relaciones que sostenemos con quienes nos rodean.

Artículo publicado por:

Sergio Sotelo Editor IBC

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Sandra Fernández

Descubridora del PCT Pulso Cuántico Toroidal Base de Bioingeniería Cuántica

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