El potencial de un hijo está en su propio corazón. Uno de los mayores retos de la existencia humana es la crianza de un hijo: en un universo cambiante, en el que es imposible predecir completamente lo que vendrá cada día, es muy difícil establecer una lista de valores para que un niño aprenda y que le garanticen el éxito y la felicidad en su vida.

Un padre y una madre despiertos deben estar siempre atentos a cada situación y buscar en su sabiduría más profunda la acción adecuada para ofrecerle al niño la mejor enseñanza para su vida. Por supuesto, esta sabiduría la encontramos en el pulso.

El potencial de un hijo está en su propio corazón

Un adulto conectado con su corazón es una fuente de coherencia y este es el mejor ejemplo que puede dársele a un ser humano cuando está empezando a descubrir la vida en este planeta. Por eso, más que sentir la responsabilidad de un hijo como una gran carga difícil de llevar, lo que garantiza una crianza adecuada es asumir la responsabilidad de nuestra propia coherencia, de donde surge la compasión y el amor que ese niño o niña necesita recibir para nutrir su consciencia.

Este hecho es más claro en las primeras etapas del desarrollo del bebé: el corazón es el primer órgano que se forma en el vientre de la madre. En este punto, este pequeño corazón contiene ya toda la información de las potencialidades que tendrá ese nuevo ser que viene a la vida.

Sin embargo, su ritmo está todavía significativamente ligado a su entorno que es, desde luego, el útero materno. Por eso, ese corazón aprende a latir al ritmo del corazón de su madre, es decir, al ritmo del corazón de la persona que lo lleva en su interior.

El corazón de la madre y el corazón del bebé laten al unísono durante esta etapa de la gestación. Si la madre está en coherencia y escucha a su corazón, el bebé aprende y se nutre de la coherencia desde su misma formación.

Una vez que nace, este ser humano debe empezar a reconocer el mundo que lo rodea mediante sus sentidos y a fluir al ritmo de la vida. En este punto es importante que sienta la coherencia venir desde las personas que lo rodean. Sus padres son la fuente de este nuevo fluir con el mundo: sus emociones, sus pensamientos y sus acciones son la energía que va a enseñarle a relacionarse con el mundo. En este punto puede aprender dos posibles maneras de relación: el temor o el amor.

Si la energía que lo rodea es coherente y vibra en consonancia con la fuerza de la vida, desarrollará amor para abrazar la vida; si la energía vibra en incoherencia y su geometría no permite que la energía exprese en su totalidad la potencia de la vida, desarrollará temor y una sensación de limitaciones y de dificultades para avanzar en su camino. De aquí la importancia de que los padres, y en general los adultos que rodean al bebé, asuman la responsabilidad de desarrollar su propia coherencia y su conexión con su corazón.

Esta conexión energética inmediata con los padres existe más o menos hasta los cinco años. Sin embargo, llega un punto en el que el niño asume su propia individualidad y asume su independencia y descubre que tiene una vida propia que debe vivir por sí mismo. En este punto el ejemplo de sus padres ha sido fundamental, pero también puede haber una enseñanza más clara y concreta sobre cómo conectar con su pulso para escuchar su corazón.

Hablarle a un niño de su corazón y de la conexión que puede establecer con este, enseñarle cómo hacerlo, cómo tomar su pulso y preguntarle las cosas que necesita saber, enseñarle a estar silenciosos y a confiar en sí mismo y en su propia sabiduría interna son acciones que definirán la posibilidad que tenga este ser humano de ser coherente por el resto de su existencia.

Esta es una manera radicalmente nueva de proponer la educación y la formación de una persona: en lugar de enseñarle que debe llenar su mente y sus emociones de lo que ve afuera de ella, es decir, simplemente aprender a imitar para acomodarse al mundo en el que vive, este enfoque enseña al niño a desarrollar la sensibilidad suficiente, y sobre todo la confianza necesaria, para escucharse a sí mismo. Esto significa producir las condiciones adecuadas para que acepte su singularidad absoluta: que reconozca que es un ser humano único con unas potencialidades únicas y que debe aprender a ser él mismo en lugar de intentar ser alguien más.

Es una forma diferente de entender el éxito. Desde esta óptica ser exitoso no es tener determinada forma de vida, sino tener esa forma de vida que es adecuada al ser específico que somos. Es vibrar con la alegría que viene de la coherencia total de todos los aspectos de nuestra existencia. Es sentir la paz que viene del respeto total por lo que somos y que se puede traducir después en un respeto total por todo lo que los demás son. Es una verdadera fuente de cambio para el mundo.

También significa dejar de pensar que un niño es un ser desvalido que necesita ser formado por un adulto –adulto que por lo demás casi siempre vive en incoherencia y que por eso solo puede enseñarle a su hijo a seguir siendo incoherente.

Por el contrario, este enfoque reconoce que dentro del niño, igual que dentro de cualquier individuo, reside una fuente inagotable de sabiduría, y que lo único que necesita para despertar es la guía adecuada para aprender a escucharla: el silencio, la confianza, el amor y el respeto por sí mismo. Para lograr esta nueva dinámica se requiere que el adulto sea el primero que cultive ese silencio y esa confianza que le permitan al niño desarrollar su potencial, para no intentar moldearlo según las creencias, normalmente inadecuadas, que el adulto ha recibido de una sociedad que evidentemente ignora el amor y la coherencia verdaderas.

 

Articulo Publicado por:

Sergio Ortiz Sotelo

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SISTEMA EDUCACIÓN INFANTIL DE BIOINGENIERÍA CUÁNTICA

Nuestros hijos y su corazón

Sandra Fernández

Descubridora del PCT Pulso Cuántico Toroidal Base de Bioingeniería Cuántica

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