Evolución, adaptación y cooperación. Al ritmo del corazón

Corren tiempos que desafían nuestra comprensión: la manera en que habitualmente nos relacionamos con el mundo ya no nos sirve para convivir y adaptarnos a los retos de la vida. Hoy, con todo el gran movimiento mundial que está trayendo el fenómeno del nuevo Coronavirus, esta desafiante realidad está llegando a sus extremos. Nuestras mentes son hoy una colmena de pensamientos contradictorios debido al estado de tremenda incertidumbre que nos presenta esta situación global. Sin embargo, por caótico que pueda parecer, esto está brindándonos una gran oportunidad de aprendizaje que es, principalmente entre muchas otras cosas, el reconocimiento de la necesidad que tenemos los humanos de aprender a escuchar de otra manera nuestra vida, de relacionarnos de otra manera con nuestra mente, y de balancear de una mejor forma la relación que hay entre el corazón y la cabeza.

Algo que salta a la vista en la actualidad, y sobre lo que muchas personas han estado reflexionando, es la capacidad humana de sobrevivir como especie a condiciones adversas. Gracias a estas reflexiones, se hace evidente la intrínseca unidad que existe entre el ser humano, su comunidad y el planeta en el que vivimos (ver por ejemplo el artículo de Margarita Ortega: https://bioingenieriacuantica.com/mas-alla-del-conocimiento-y-control-humano). La evidencia que salta a nuestra comprensión desafía decididamente el concepto tradicional que se ha tenido sobre lo que significa evolucionar.

Tradicionalmente, a partir de la herencia darwiniana, la evolución se ha entendido como un proceso que involucra la competencia y la lucha cruel por la supervivencia. Según esta, evolucionar significa que una especie se adapta a su entorno por medio de una permanente competencia con otras especies, hasta que solo una queda en pie. La especie ganadora es la que se adapta y sobrevive para dominar ese ambiente. Esta es una concepción individualizadora que resalta el factor agresivo de los individuos y que concibe cada cosa como un objeto separado del resto de los objetos: cada especie separada de las demás y al mismo tiempo separada de su entorno, al que debe dominar y del que debe cuidarse para sobrevivir.

Ahora, después de cientos de años de tener esta como la imagen rectora de nuestra comprensión del mundo, los acontecimientos nos desafían y nos muestran que la supervivencia no viene de la competencia y la lucha a muerte contra otros factores, sino que solo puede ocurrir gracias a la cooperación. Se nos está haciendo evidente ahora que “el más fuerte” no es el que derrota al otro, sino el que tiene mayor flexibilidad para adaptarse a ese otro para cooperar con él, para lograr acuerdos que construyan estructuras de vida que los beneficien a los dos. Es como enseña el Tao Te King:

Los hombres nacen suaves y flexibles;

muertos, están rígidos y duros.

Las plantas nacen tiernas y flexibles;

muertos, son frágiles y secos.

Por lo tanto, quien sea rígido e inflexible

Es un discípulo de la muerte.

Quien es blando y flexible

Es un discípulo de la vida.

Lo duro y rígido se romperá.

Lo suave y flexible prevalecerá

(Tomado de http://www.taoteching.org.uk/chapter76.html)

Bruce Lipton, reconocido biólogo que ha estudiado la relación entre la psicología y el estado de nuestra salud física, descubrió, mediante un cuidadoso estudio de las células, que la evolución siempre ha sido eso: una permanente cooperación. Así, según él, cuando las bacterias primordiales que vivieron es la Tierra llegaron al máximo de su desarrollo, solo les quedó cooperar con otras para poder evolucionar; así se formó la primera amiba, que es, fundamentalmente, un conjunto organizado de bacterias que cooperan para crecer más. Cuando las amebas alcanzaron su máximo de desarrollo, tuvieron que cooperar para continuar su adaptación y no extinguirse; de aquí surgieron las primeras criaturas complejas con órganos especializados en diferentes funciones, como respiración, excreción, etc. La vida en la Tierra se comprende desde esta óptica como el resultado de un continuo esfuerzo de la inteligencia de la vida por cooperar para mantener sistemas cada vez más complejos, como los ecosistemas, los animales, y los seres humanos. Quizás lo que trae este momento de confusión no sea otra cosa que el reto de volver a desarrollar nuestra intrínseca capacidad de cooperar con otros, con los animales, con el ambiente, con el agua, la tierra, el sol, el aire que respiramos, para dar el siguiente paso de nuestro cambio evolutivo.

Frente a esto, la gran pregunta que está desafiando a muchos es: después de generaciones y generaciones de personas que han aprendido a competir, y después de años y años de ser educados para compararnos con otros y ganar nuestro valor a partir de una disminución del otro, ¿cómo podemos empezar a aprender a cooperar? ¿Por donde empezar este cambio que requerimos para una verdadera evolución de la especie humana que nos garantice una supervivencia adecuada?

La respuesta, como siempre, está más cerca de lo que suponemos. Mientras que nuestro sistema racional, basado en la mente, se ocupa de separar las cosas para comprenderlas, nuestro corazón está integrado a todo lo que nos rodea y nos recuerda la unidad que existe entre todas las cosas. Para aprender a cooperar con el mundo en el que vivimos solo necesitamos silenciar un poco nuestra mente y escuchar nuestro corazón, que vibra con la frecuencia del amor, que es la fuente y el mantenedor de todo.

Por esto, el verdadero desafío de estos tiempos, más fundamentalmente que el desafío de reconstruir economías o encontrar soluciones a ciertos problemas materiales, que no dejan de ser importantes, es el desafío del encuentro con nuestro corazón y su sabiduría originaria. El reto definitivo, el que decidirá nuestra supervivencia, es el encontrar el valor suficiente para adentrarnos en nosotros mismos, reconocer todo nuestro dolor ancestral, trascenderlo mediante la aceptación y el perdón, y establecernos plenamente en el territorio que nos pertenece por naturaleza: el corazón, que late al unísono con la belleza del universo, y la unidad y el amor, que son la única realidad que ha existido siempre y que hemos dejado de percibir por centrar nuestra atención en la división aparente que nuestra mente usa para comprender el mundo.

Sergio Ortiz, Editor IBC

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Referencias

Lipton, B. (2016). La biología de la creencia: la liberación del poder de la conciencia, la materia y los milagros. España: La Esfera de los Libros.

Mitchell, S. (Trad.). Tao Te Ching. Recuperado de: http://www.taoteching.org.uk/chapter76.html

Ortega, M. (2020). Más allá del conocimiento y control humano. Recuperado de: https://bioingenieriacuantica.com/mas-alla-del-conocimiento-y-control-humano

Pintura Arte Cameron Grey

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